Indonesia en cifras

Indonesia en cifras

10 de enero de 2020. Autor: Jesús del Caso

Java, Sumatra, Borneo, Sulawesi… Bali… Dicho así, son una cosa e Indonesia, dicho así, es otra un poco distinta. Viajar por Indonesia, en su conjunto, animado a descubrir rincones, a vangabundearlos, si  se me permite, con el esmero y atención que merecen, es asunto de viajero con galones. Y, si se me vuelve a permitir, no es lo mismo ir a Bali, que viajar por Bali, como en tantos otros sitios, sí, pero en Indonesia especialmente, porque cada isla es más inmensa que la anterior, las unas en cifras y las otras en singularidades muy tremendas.

Una vez que visitas Indonesia te das cuenta de que esas cifras y su emplazamiento pesan. 255 millones de habitantes (el cuarto país más poblado del mundo), que habitan 6000 de sus más de 17.000 islas. Java es la isla más poblada del planeta y Sumatra la 6ª más grande. Cifras y más cifras que nos siguen apabullando… Tanto en ella como en las demás tenemos esa extraña sensación de pasear, como funambulistas despistados, por el alambre, ese encima del encuentro de placas tectónicas, el que se ha dado en llamar El cinturón de Fuego. Y el fuego a fuego llama: en Indonesia hay más de 150 volcanes activos, entre ellos el famoso Krakatoa, que en 1883 salto por los aires en una explosión 10.000 veces más poderosa que la bomba de Hiroshima; o el impresionante Lago Toba, el lago de cráter más grande del mundo, que se originó en la erupción volcánica explosiva más violenta conocida en la Tierra en los últimos 25 millones de años. Toba reventó hace unos 70.000 años causando la muerte a la mayoría de seres humanos de la época. Las consecuencias del cataclismo afectan a la composición genética de la población humana hasta nuestros días. Cifras, récords, circunstancias y magnitudes que hacen de Indonesia algo simplemente inaprehensible y brutalmente inabarcable.

Y sabiendo esto, llegarte al monte Bromo, en Java, y contemplar ese paisaje lunar cubierto de cenizas, con sus cinco volcanes, con sus columnas de humo y de gases; subir al borde mismo de su cráter y escrutar el fondo aterrador, su sima y sus paredes cubiertas de azufre; escuchar rugir a las entrañas misma de la Tierra y sentir, ay, la punzada de los gases en el ojo, (no es broma, llevaos gafas. Es hora de tirar de esos galones de viajero de los buenos o, si no los tienes, de ponértelos.

Pero respiremos, es cierto que la furia natural de Indonesia empequeñece tanto como contemplar una noche limpia y llena de estrellas; pero también es cierto que los pobres humanos, en nuestra pequeñez, medimos, pulgadas, codos y pies, en trocitos más mensurables, un poquito más amables, porque nosotros mismos somos el canon de lo cognoscible. Esta tierra indómita y virulenta estuvo habitada desde siempre. Hoy la habitan 300 etnias nativas que hablan más de 700 idiomas diferentes, pero, aunque el 99,9 % de su ADN y el nuestro es exactamente el mismo, os podemos asegurar que el 0,01 % restante justifica sobradamente todo el viaje.

En Java, más allá de encontrarnos con muchas de estas etnias, nos abruman las manifestaciones de sus culturas. Sus templos son de una enormidad y exquisitez desacostumbrada, Prambanam o Borobudur se rodean de selvas y de volcanes y sus muros nos cuentan historias milenarias de luchas, guerras y alianzas entre civilizaciones que al #buenviajero y al buen entendedor le debieran servir de inspiración en este mundo crispado de nuestros días.

Prambanan es mi imagen clave de Indonesia, quizá una de mis imágenes clave de Asia y eso es mucho decir… (Para aclarar el concepto de imágenes clave os remito al primer artículo de esta serie: link). Pero la prueba es que la imagen que tuve siempre en mente de Prambanan preside a gran tamaño el salón de mi casa desde que volví de Indonesia y dudo mucho que otra más espectacular pueda reemplazarla.

Prambanan no es un templo al uso, sino un conjunto de más de 200 templos del s. IX que se alzan en medio de la selva como un bosque de catedrales. Hoy se están reconstruyendo muchos de ellos y cuando el conjunto esté terminado será probablemente uno de los templos hinduistas más increíbles del mundo. 
Pero en Indonesia esas culturas milenarias tan diversas y sus alianzas y la reconstrucción de sus restos no es sino reflejo de la tolerancia interreligiosa e intercultural que reina, salvo raras y, eso sí, alarmantes, excepciones en su actual territorio.

Borobudur, 40 kilómetros al sur de Yogyakarta, es una estupa gigante. El mayor templo budista del mundo. Finalizado en el S. IX y abandonado en el XV, fue redescubierto, tragado por la selva como estaba, en el XIX, y se ha reconstruido completamente. Lo más importante es que hoy día sigue siendo un templo y lugar de peregrinaje budista consagrado a los mismos cultos a los que se dedicó en su construcción.
Oficialmente se reconocen la libertad religiosa y seis religiones oficiales mayoritarias, pero todas ellas tienen sus variantes locales, mucho menos ortodoxas, adaptadas a sus ritos y creencias ancestrales, que son los que realmente rigen las vidas de las comunidades.

En Sulawesi todo esto es palpable. Nos recorrimos la Isla hasta Tana Toraja, el hogar de los Toraja, y, aunque son mayoritariamente cristianos, sus famosos ritos funerarios rigen sus vidas y el devenir de las comunidades hasta tal punto que el funeral es el acontecimiento más importante de la vida de un Toraja, para el que puede estarse preparando, y ahorrando, toda su vida. Tuvimos la suerte de asistir a uno y el ambiente es, como todo en Indonesia, brutal, hondo, espeso y fascinante. No quiero contar más, deberíais verlo vosotros, sentirlo, olerlo…; pero advierto que no es del todo apto para todo el mundo… La carne, la sangre, la muerte, sobrevuelan el rante, el recinto sagrado preparado para la ceremonia y en un ambiente extrañamente festivo, entre gritos de animales siendo sacrificados, el humo y la megafonía, por la que se no paran de escucharse voces en lengua extraña, el viajero no podrá evitar preguntarse qué hace allí, qué hace en el mundo, que hará con su vida el resto de tiempo que la mantenga…   

Lo de la muerte ha de ir relacionado con la naturaleza salvaje de esta parte del mundo. Los occidentales parecemos huir de ella, considerarla un trámite ineludible que intentamos pasar ligeros, a vuelapluma, como si no fuera inherente a nuestra propia naturaleza. En muchos rincones de Indonesia la abrazan y respetan y la entienden como un verdadero renacimiento o un comienzo de otro estado, probablemente mejor… 

En Sumatra, en el lago Toba y sus alrededores habitan los Batak. Nuestro guía Lenny, un auténtico Batak Toba, nos contó cómo sus ritos funerarios suponen un curioso sistema de “ascensos” en las estructuras funerarias donde se depositan los restos. No nos vamos a extender en explicar cómo funciona, pero nos quedamos con que cada poco tiempo, los restos de los antepasados se desentierran, se limpian y se sacan en procesión en una ceremonia a la que está invitada toda la comunidad (estos también tienen que ahorrar, invitar a todo el pueblo supone la inversión de su vida…). Lenny nos mira extrañado cuando torcemos el gesto: ¿qué pasa? ¿Te parece extraño? ¿Vosotros qué hacéis con vuestros muertos? Pero yo rehuyo la respuesta con titubeos, como si la muerte no fuera conmigo, como si no fuera inherente a mi propia naturaleza… (continuará)