Shaolin

20 de abril de 2020.   Autor: Jesús del Caso

El legendario monasterio de Shaolin fue nuestro primer destino en China, después de la incatalogable Beijing (a la capital volveré en algún otro momento para dedicarle varios artículos, aunque merecería una sección completa).

Shaolin le suena al viajero a potente y a místico, con esa pátina de lugar manido y transitado hasta la saciedad, de sitio emblemático, referencial y peliculero que no logramos encasillar del todo a la hora de decidir si visitarlo o no, ya aterrizando en el meollo de los viajes.

¿Merece de verdad la pena?

En el menor de los casos sí. A mayores, es uno de esos lugares extraordinarios cuya visita puede cambiar maneras y formas de ver y transformar pautas y hasta formas de vida. Casi deberían poner una señal en la entrada: peligro, puede ocasionar importantes cambios.

Shaolin tiene varias visitas o, llamémoslo así, niveles de intensidad. Cualquiera de las aproximaciones posibles y la cantidad de interés y tiempo que se le quieran dedicar estarán más que recompensados. El Monasterio y su famoso Bosque de Pagodas son Patrimonio de la Humanidad y, además, pillan casi de camino (esto en China es un decir), para seguir ruta a lugares tan emblemáticos como las Grutas de Longmen; o Xian y su celebérrimo Ejército de Terracota.

Shaolin se esconde en una zona agreste y boscosa de Henan, en el centro-este de China. Podemos coger un tren bala desde Beijing Oeste para llegar a Zhengzhou, su populosa capital, volando casi literalmente a más de 300 kilómetros por hora, en unas dos horas y media. Después hay que llegar a Deng Feng “La ciudad del cielo y de la tierra” que se encuentra a los pies del monte Song, uno de los más sagrados de China. Cuando uno llega a Deng Feng, llega a una especie de gimnasio abierto donde las pistas de entrenamiento, los patios de los colegios y cada uno de los parques que desfilan frente al viajero, se abarrotan de jóvenes de todas las edades, uniformados con sus colores, entrenándose con absoluta devoción. Llama muchísimo la atención el pulso joven y deportivo de la ciudad. Más que una población al uso, tenemos la sensación de atravesar una ciudadela olímpica en la que todos sus atletas se hubieran puesto de acuerdo para uniformarse y entrenar a la vez. Todo es a lo grande en China. 

En media hora, adentrándonos en la montaña y rodeándonos de una frondosa vegetación, estamos en el legendario Monasterio de Shaolin. Nos recibe envuelto de una densa neblina que no acierta a esconder los coloridos muros y los tejados del monasterio. Parece más que nunca una película, todo milimétricamente preparado para una escena perfecta: Monasterio de Shaolin, exterior, día.

La realidad nos abanica con fuerza apenas bajados del choque, podemos oler, sentir la humedad de la niebla y los aprendices de monje que nos cruzamos, nos saludan con una sonrisa, desmitificados y ajenos a nuestras alucinaciones, móvil en mano, “wasapeando” como todo hijo de vecino.

Si solo se va a visitar el templo, el viajero llegará a una explanada que encontrará invariablemente llena de turistas chinos armados de cámaras hasta los dientes. Es fácil que el occidental pase a formar parte de los recuerdos familiares. No os extrañe que os requieran en la foto, siempre muy amablemente y con una sonrisa enorme. Lejos del bullicio pekinés, un chino relajado es la más amable y curiosa de las personas. Si además os hace ilusión o sois aficionados a los retratos, a ellos les encantará posar para vosotros. 

Una vez traspasada la puerta, Shaolin despliega, de entrada, toda su magia y misticismo: sus patios, sus muros, sus torres, estatuas de budas y demonios, animales fantásticos y pilas humeantes sumergen al visitante en el más auténtico misticismo oriental. No hay trampa ni cartón: estamos en el corazón espiritual de las artes marciales, en el lugar donde nació el Kung Fu, como disciplina con la que aliviar la dureza física y espiritual del aprendizaje de los monjes.

En el siglo VI, Shaolin de convirtió en la cuna del Budismo Zen y numerosos intelectuales alumbraron una forma nueva de vivir y de sentir. Cuando el célebre maestro Bodhidharma empezó a idear el Kung Fu, comenzó a edificar la base de la legendaria cultura de Shaolin y sus monjes guerreros. Las instalaciones actuales del templo atestiguan esos 1500 años de historia: construcciones y destrucciones, alianzas y traiciones, que han dejado en cada muro su inconfundible impronta. Aparte del budismo zen y del Kung Fu, diversas disciplinas se nutren de la cultura Shaolin e irradian sus postulados a toda China y a todo el mundo: la meditación, la medicina tradicional, el arte…   Shaolin, es, en definitiva, un apasionante centro cultural, clave para entender el origen de muchas tendencias relacionadas con estas disciplinas, cuyas ramificaciones se han extendido por todo el mundo.

Si se quiere subir de nivel, visitar más a fondo el Monasterio y empaparse de su cultura, se puede seguir durante unos días un curso intensivo de Kung Fu: palabras mayores. 

Cada año más de 2000 jóvenes de todo el mundo acuden a Shaolin para seguir durísimos entrenamientos. Hasta la fecha son cientos de miles los profesionales y aficionados que han pasado por aquí. Alguno de ellos con mucha suerte, con mucha disciplina y muchísimos años de dedicación después, llegará a ser un maestro Shaolín.

Como no, lo tuve que probar. Con todo el perdón y el respeto del mundo traté realmente de dar lo mejor de mí durante el rodaje de la serie DESCUBRIR y también detrás de cámara, para mantener en lo posible la coherencia en un lugar como este. No sería por falta de ganas y de curiosidad, eso no me lo iban a poder quitar… 

Pero fueron cuatro días de auténtica agonía física y exaltación espiritual. 

Más allá de las tomas graciosas, más o menos dinámicas que impone un programa de viajes para televisión, cada entrenamiento (de 2 a tres horas por la mañana y otras tantas por la tarde), se acabó convirtiendo en toda una prueba de fe.

Una vez que te conviertes en “aprendiz”, has de seguir los postulados zen en cada instante del tiempo que dure el proceso; y eso incluye, por supuesto la dieta (estrictamente vegetariana) y las horas de sueño y de meditación óptimamente calculadas para el desempeño de tu labor. Tu maestro te esperará al inicio de cada entrenamiento con la mente clara y despejada y el cuerpo en su plenitud de fuerza, resistencia y elasticidad para afrontar cada reto del aprendizaje: una sucesión de movimientos marciales milimétricos repetidos hasta la extenuación en la búsqueda de la perfección. 

Creo que un maestro nunca me miró a un aprendiz con una mayor y más cariñosa condescendencia.