Yunnan

20 de julio de 2020. Autor: Jesús del Caso

Yunnan viene a la mente de primeras cuando se quiere poner nombre propio a la enormidad y diversidad de la China desconocida. En el extremo suroeste del gran gigante, esta provincia del tamaño de Alemania hace frontera con Myanmar, Laos y Nepal, flirteando con Tíbet y lo tibetano en el más amplio de los sentidos. 

Yunnan es un destino en sí mismo sin necesidad de más complementos. Su ubicación y los vaivenes de su historia han dejado en la región un crisol de culturas sumamente atractivo para el viajero. Más de 25 etnias diferentes conviven en la región y aunque la China moderna deja su huella, imparable, y cada vez más profunda, es posible, hoy día, encontrar poblaciones auténticas, devotas de sus antiguas maneras, de sus ritos, lenguas y costumbres ancestrales. A veces, los límites culturales se desdibujan en el tiempo y en el terreno; otras, el viajero se sorprenderá del vuelco insospechado de todo lo que le rodea de un valle a otro, de una ciudad a otra, de una aldea a la siguiente, unos kilómetros más allá, a la que se accederá por una carretera estrecha, como olvidada, con un no sé qué de polvoriento y luminoso túnel del tiempo y del espacio.

Y atención al asunto de lo luminoso, de lo colorido. Yunnan, probablemente, es una de las provincias más lustrosas de China. Quizá por la altitud de gran parte de su territorio; o por su cercanía al Himalaya; o al Tíbet; quizá por su alejada ubicación, lejos de los principales centros de producción industrial; o probablemente por una mezcla de todo lo anterior y de muchos otros factores, pero lo cierto es que Yunnan es la provincia de los cielos azules, de los lagos brillantes y los picos nevados recortados en muchos de sus horizontes.

Descubrimos Yunnan de rodaje y le reservamos el metraje de un episodio a la provincia, ella solita, como buen relato autoconclusivo. 

Empezamos en la bulliciosa Lijiang. La ciudad antigua, con sus construcciones de madera y sus canales, se ha ganado el sobrenombre de la “Venecia del Este” y forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Sorprende por su ajetreo y su impactante iluminación nocturna, aunque el día le puede deparar al viajero interesantísimos paseos por sus estanques y pintorescas callejuelas.

Cerca de allí visitamos la aldea de Bai Xa, hogar de la minoría Naxi, una pequeña aldea a la que llegamos en bicicleta. Bai Xa es muy turística, pero todavía muy auténtica y en ella podemos aprender mucho sobre la milenaria tradición del arte con hilo de seda, degustar sus platos tradicionales o simplemente callejear y tratar de convencernos, probablemente sin éxito, de que aún estamos en China.

Desde Lijiang seguimos hacia la ciudad amurallada de Dali, no tan turística como Lijiang, pero más auténtica si cabe, con un toque diferente: amable y silencioso. Bueno, digamos apacible y musical más que silencioso, porque las calles del centro histórico, con la famosa Calle de los Extranjeros a la cabeza, se llena con la música que sale de sus numerosas tiendas de instrumentos tradicionales. ¡Suerte para mí! El que suscribe, confesión en primicia, colecciona instrumentos tradicionales y ganas tan fuertes como pasajeras de convertirse en virtuoso de cada uno de ellos. Por supuesto aproveché la ocasión en Dali y compré una especie de gaitilla cuyo depósito de aire es… ¡una calabaza! La suerte, para los demás, es que ésta se llena solo muy de vez en cuando Esperanzas perdidas y descanso para el personal…

Dali es nuestro centro de operaciones para visitar el lago Erhai y sus aldeas de pescadores. Erhai es un lago enorme, salpicado de pequeñas islas que recomendamos recorrer con tranquilidad. Los barcos zarpan cada media hora del muelle, muy cerca del centro, y es una actividad perfecta para realizar en un día. Entramos en terreno poco o nada turístico: islas e islotes pintorescos con preciosos y humildes templos alejados del mundanal ruido. Realmente se tiene la sensación de estar en algún lugar muy muy remoto, y no solo en términos de espacio y de distancias… 

Desde Dali, seguimos hacia la capital, Kunming. ¿Veis todo lo descrito hasta ahora? Pues aquí sí, borrón y cuenta nueva. Kunming es el ejemplo de mega urbe china en desarrollo: concurrida, brillante, ruidosa, vitalista hasta el extremo, en la que, a diferencia de otras, no le queda mucho patrimonio del que disfrutar. El paseo no merecería la pena si no fuera porque cerca de allí podemos visitar una de las maravillas naturales más visitadas de China: El Bosque de Piedra de Shilin.

El karst de Shilin de unos 270 millones años de antigüedad, también Patrimonio de la Humanidad, es un extenso laberinto de espectaculares formas basálticas que parecen emerger de la tierra como espectaculares árboles de roca. Pináculos, pasadizos y aristas imposibles que dan un toque distinto, casi onírico al final de nuestro viaje.

Lo dicho: Yunan es un destino que no deja indiferente a nadie y que tiene muy poco que ver con la imagen de la omnipresente y omnipotente potencia de nuestros días. Quizá sea un buen primer paso para comprender China, viajando a un lugar que tiene mucho con sus orígenes y que tiene mucho que mostrar de su profunda e impactante diversidad.